Pocas cosas me desaniman como lo hace el penal de San Martín, desde su entrada por el camino del Buen Ayre hasta los edificios que conforman la Unidad Penitenciaria 48, fácilmente los puede separar una buena distancia de seiscientos metros. Por suerte los hago en auto, pero los carteles insisten en mantener una velocidad menor a 20 kilómetros por hora. En ese tramo lento suelo observar con detenimiento la estructura del penal, un gran complejo de patios rodeados de una muralla gris, enorme e imponente. Transmite depresión a cualquiera que lo vea, de todas formas, no deja de ser una cárcel. El sentimiento deprimente se esfuma cuando estoy a cincuenta metros de la unidad, al costado del camino de autos, hay una imitación a un barrio pequeño, encerrado en una reja. Los presos que viven en ellas la llaman Las Casitas, los que se encuentran en pabellones, lo llaman El Country. El apodo es divertido y el complejo tiene su atractivo, pero es una libertad mentirosa. Puede ser que algunos se encuentran en la casita, hacen gimnasio, salen a correr, escuchan música, pero todavía están entre rejas. Ojo, no es un beneficio que cualquiera puede tener, todos los presos que viven en Las Casitas están finalizando su condena y cumplen con un comportamiento sumamente destacable. Disculpándome de antemano por las distracciones y por la introducción extensa, tuve la oportunidad de hablar con muchos habitantes de Las Casitas y me contaron su gran secreto respecto al cambio de comportamiento; el rugby.
Ahora, la pregunta es evidente ¿Qué tendrá que ver el rugby con tipos a punto de salir de la cárcel? Hoy tengo el placer enorme de explicarlo, con mucha, muchísima emoción, más de la que mi humilde capacidad de redacción me permite. Corría el año 2009 y Eduardo “Coco” Ordego visitó el penal de San Martín. No voy a ser muy explícito con la creación del fenómeno, pero Coco usa una palabra que creo que es mejor que cualquier descripción; desesperación. A la semana volvió con una pelota de rugby y jugó con quince reclusos, al mes volvió con dos pelotas de rugby y jugó con treinta, al año llevó conos y armó un torneo con cincuenta. A los cinco años se formó la Fundación Espartanos. Coco es un hombre sencillo, lo conocí en mi voluntariado en la fundación y no hay un martes (día de entrenamiento) que él no esté. Claro que fue la primera persona que quise que me cuente que es lo cambia en los presidarios. Al hacerle mi pregunta, se empezó a reír en la cara.
—No, amiguito, no, estás equivocado— Respondió negando con la cabeza—. Yo soy un tipo que vino con una pelota, yo no logré nada, ellos lo lograron. ¿Querés una historia? Los muchachos te la van a dar.
—Pero usted arrancó esto, usted es el que más sabe.
Quise terminar de explayarme pero me frenó con una pregunta en tono un poco más alto
— ¿Desde que estás acá tu vida cambió? No tu forma de verla, eh. Tu rutina, lo que comes, cómo vivís. ¿Cambió en algo? Muchos me dicen que ahora suelen comprarle más a vendedores ambulantes o pavadas así. Ojo, es un cambio enorme en la vida, pero una luquita más que gastas al día no es una forma de cambiar la vida— Su expresión se relaja y larga un suspiro larguísimo antes de empezar a hablar con suavidad—. No sos un bobo de la tele que le tengo que responder con cassette, vos sabés lo que hacemos acá. Hace años que me despierto y sigo mi vida tranquila después de venir acá. Ellos no, ellos cambian, sus hábitos, sus palabras, muchos aprenden a leer, hay otros que terminan el primario, algunos llegaron a terminar el secundario acá adentro. No me busques a mí. Te lo repito, si querés una historia, los muchachos te la van a dar.
Por eso ahora estoy llegando a las canchas del penal, es una cancha divina. Tiene las medidas mínimas de un campo de rugby y a su alrededor las paredes están pintadas de amarillo clarito, con dibujos de gladiadores en todos lados y la leyenda bien grande en el paredón que es parte de la muralle que priva su libertad, donde se lee grande y claramente “Espartanos”. Llego y saludo, como siempre, a mis compañeros voluntarios, uno es un antiguo vecino y el resto los conocí en el penal. Estamos todos sueltos dentro de la cancha, los reclusos junto a los de La Calle (de esta forma ellos llaman la vida fuera del penal), como si fuera un club común y corriente. Me apresuro a saludar a los Espartanos del primer turno, muchos no me conocen ya que soy constante del segundo, quienes ya tienen mejor idea del deporte y nos recomiendan a los recién llegados que nos manejemos. En todas las dudas que tenía, no sabía a quién podría preguntarle para desvelar tal misterio, tal cambio de comportamiento. Al momento que escribo esto, la Fundación Espartanos confirma en su sitio web que desde que actúan en cárceles, la tasa de reincidencia bajó del 65% al 5%. Supongamos que antes, de cien presos liberados, 65 volvían a cometer un crimen e ingresaban de vuelta. Desde que la fundación existe, apoya al preso, le ofrece trabajo para cuando salga del penal, ese numero de 65 presos de redujo a cinco. ¿Como se cambia de semejante forma tantas vida?
Ya tengo casi un año como voluntario, pero nunca fui mucho de charlar, siempre cumplí el rol de árbitro y tranquilamente puedo ser el más odiado de los voluntarios de La Calle. No soy un gran árbitro, conozco al pie de la letra el reglamento pero me falta muchísima personalidad y quizá, esa falta de personalidad me termina jugando la contra y ganarme incontables protestas en cada partido refereado. Hablé con una buena parte de los muchachos de Las Casitas, todos muy educados y respetuosos conmigo, mi pregunta era siempre la misma ¿Cómo te modificó el rugby? Tuve muchas conversaciones, algunos como el tipazo del Veneco que me contó al pie de la letra como está cumpliendo su condena por robo de un auto en un country y que casualmente el dueño del auto era el ahijado de un reconocido abogado y que ahora Dios lo llevó a la cárcel y le trajo el rugby como camino del bien. También charlé con Brian, apodado el albóndiga, que quizá no habló más de cien palabras y respondía con muy poca simpatía.
Mi charla favorita fue con Luca, antiguo capitán del pabellón seis y ahora movido a Las Casitas, por su buen comportamiento, en ese momento tenía entendido que le quedaba poco más de un mes para cumplir su condena sujeta a la libertad condicional. Lo saludé cuando terminé de hablar con Diente. Desconozco el nombre de Diente, solo se dé su evidente apodo al tener dos paletas largas como un fósforo y que es uno de los más viejos de los pabellones. Luca viene y me abraza la espalda con solo un brazo y se arranca a reír, me dice que estoy desaparecido del penal y que bajé la panza, ya no me parezco más al Potencia. (El Potencia es un simpaticón primera línea de la unidad 47, el cual es fácil de reconocer por su pequeña estatura, pero unos buenos kilos de más). Le acepto la cargada y lo felicito porque me enteré que estaba próxima su salida y ya se había mudado a Las Casitas. Me agradece y antes de que pueda hacer la pregunta, me llama Coco para referear el primer partido del día.
Había sido un partido tranquilo, al terminar de arbitrar, todavía no podía nutrir mi crónica porque Luca se había ido a jugar su partido. Me siento a un costado a verlo y al lado mío se sienta Fran, mi antiguo vecino.
—Como se caga a palos Luquita eh, es un toro.
Para cualquier persona ajena al deporte ovalado, le quiero mencionar que el término “cagarse a palos” se refiere al jugador qué es caracterizado por un juego de mucho golpe e intensidad, siempre dentro del marco legal de las reglas. Y Luca es uno de esos. “Porque a veces los golpes de la vida duelen más que los físicos” Suele decir Baraku, capitán de todo Espartanos del penal de San Martín. Luca termina de jugar, se acerca a mí al trote, pero antes se detiene con una mueca como si se olvidara las llaves. Corre hacia otro jugador, muy flaquito y con una gorrita roja y le da la mano y se abrazan. Ahí es cuando me acuerdo, Luca lo levantó por los aires de un tackle y lo sembró en el piso como si fuera una sombrilla. Después vuelve para retomar la conversación y en un momento de charlas pavas, suelto mi pregunta, de que forma el rugby lo terminó cambiando.
—Cuando juego, aprendo y encima me equivoco, me siento humano—Respondió, no sé porque, avergonzado cuando le hago la pregunta, mientras mira al piso y juega con los cauchos de la canchita—. Yo hice cosas que no están buenas. A veces no me dejan dormir, a veces pienso que pasaron por algo. Y cuando juego, cuando Coco me da la capitanía de estos pibes, los del pabellon seis, lo siento como Dios diciéndome “Che, ahora hay que hacer las cosas bien”. No me agrada— Hubo un silencio corto entre que dijo la palabra agrada, como si la estuviera pensando— jugar con los de Las Casitas. Está todo bien, nos juntamos a tomar mate, a veces vemos rugby en youtube pero no son mi equipo. Con los del seis yo dormía, había muchísima camaradería.
Me sorprende la buena comunicación que tiene, se lo resalté y me contó que desde que está preso, no para de leer, empezó con El Principito el primer mes y ahora pasa por la biblioteca del penal y lee cualquier novela que aparezca. Cuenta que Coco los incentivó a la lectura. Llamó a profesores y a sacerdotes para que hagan pequeños talleres. Luca me cuenta que solo le gustan las novelas o las motivacionales, le cuesta las ciencias y le aburren los libros exactos.
—Es que leo algo de economía y me quiero matar, no lo entiendo y me aburre. Ya voy a tener tiempo para ponerme al día, ahora solo quiero distraerme. Total, solo me quedan ocho meses.
— ¿Ocho? Pensé que ya salías.
— Sí, pero viste como es la cosa, que si la condicional, que si el buen comportamiento.
— La verdad que no, no entiendo.
— No importa, pero ya esperé diez años, puedo esperar ocho meses.
Me explicó su condena, era de trece años, se redujo a diez porque se porta bien, una vez que cayó, se dio cuenta que no había razones para seguir haciendo las cosas mal.
—La versión oficial es que afané un kiosco, le pegué un culatazo al tipo y él quedó en coma varios días. El kiosquero era medio garca, se le tiró a mi novia para pagar un fiado y me calenté, por eso lo fui a apurar, la emoción me ganó y ahí lo golpeé. Era un chumbo vacío o roto, no me acuerdo, pero era imposible que dispare. Quería asustarlo, no lastimarlo, pero bueno, la inconsciencia me ganó, ahora él está bien, pobre tipo. Me agarraron a los dos o tres días, me entregó su hermano, es boxeador. No sabes la cantidad de piñas que cobré. No tengo nombre acá, soy un recluso con número, no tengo documento. Mi vieja nunca me lo hizo y yo jamás me preocupé. Trece años me dieron, porque me sumaron de antecedentes, cuando era pendejo salía y entraba todo el tiempo, cuando me había corregido un poco, me la mandé.
— ¿Y vos decís que hoy sos otra persona por el rugby?
Su cara se ilumina y con una sonrisa empieza a hablar acerca de partidos, torneos con otros pabellones, de que Coco confía en su liderazgo, que Baraku, el capitán de todo Espartanos, lo considera su amigo.
—Porque el ejemplo es de otros, muchos salieron y laburan, yo no me la quiero mandar más. ¿Te acordás del bizco? Ya salió a La Calle, está laburando en una YPF en Olivos, no sabés lo contento que está. Quiero ser como él, quiero salir, laburar, tener un documento, hace poco terminé la primaria acá, quiero ver si termino el secundario en La Calle—. Su entusiasmo me emociona y su motivación realmente la siento como genuina—. Y jugar afuera, probarme en un club, que me aplauda una hinchada o jugar para los Espartanos en libertad. Necesito dejar de ser un preso, de que me vean como un rocho quiero, como te dije, ser un humano, y ser un jugador de rugby. Me enseñaron a hablarle a los policías como si fueran un árbitro, a que si cometo una infracción pido perdón, a veces duermo tranquilo, porque siento que el Luca que era antes se murió. Y sentir que enorgullezco a mi viejita, no tenía guita ni para darme el documento, no sé cómo habré hecho para estar en la primaria.
—¿Tu mamá te puso el nombre Luca?
—Sí, pero nunca supe si era con una o dos “C”, ella falleció antes de que se me ocurriera preguntarle. Yo lo escribo con una ¿Sabes? Porque a mi novia le gusta mucho Sumo y así se llamaba el cantante. El documento quiero ver si lo puedo sacar de acá, tengo que hablarlo con los secretarios. Encima tengo mucha manija de jugar afuera, imaginate los Espartanos en libertad. !El año pasado salieron subcampeones del torneo empresarial! Imaginate cuando juegue yo—. Se ríe solo y me apasiona su ilusión. Saca de su media una tarjetita, parecida a la de cumpleaños y me la muestra.
—¿Que es?—Pregunté dándole vueltas, no entiendo bien la letra, es parecida a las tarjetas de cumpleaños que venden en librerías.
—Es una libretita, me anoto frases que me gustan. Muchas de Baraku, otras de Coco, tengo anotado una tuya también—Mi cara se transformó por completo y el lo nota, se empieza reír—. ¿Te acordás ese martes que estuviste dos horas de arbitro? Fue el último entrenamiento del año pasado. La semana anterior te volvimos loco y Coco nos retó por haberte puteado siendo vos el árbitro. Y ese mismo martes, éramos unos benditos caballeros ingleses— Me quedo reparando en la palabra benditos, evita las malas palabras a muchísima costa. Mi curiosidad y mi ansiedad me terminan apurando.
—¿Y yo que dije?
— Nos felicitaste, boludo— Mi pensamiento de las palabras por ahí se disminuyó un poco—. Nos contaste que la gran diferencia entre los grandes equipos y los buenos, es la disciplina. Unos días después vimos la final del mundial de rugby en diferido.
—¿Y?
— Sudáfrica hizo ocho penales en todo el partido. Y Nueva Zelanda doce y una roja. ¡Ganó el equipo que menos penales hizo! Me lo anoté acá— Me muestra en una de las páginas de su libreta una desprolija leyenda con los penales que había cometido cada equipo, justo debajo, la frase que yo dije, inspirada en otra del Argento-Español Alfredo Di Stefano. No puedo evitar quedar leyendo mi frase y pensar en como le retumbó a un tipo el cual la vida, Dios o quien carajo sea, hizo lo posible para mantenernos alejados— Te gustó, eh, Che para, vos jugabas en La Calle. ¿Ya subiste a primer?
Hablé un buen rato con Luca, ya la charla parece de amigos, se hacen las once de la mañana y empieza a verse el sol en todo el penal. Saludo con un abrazo a Luca, cumplo todo el protocolo embolante que es salir del penal y cuando me subo a la autopista, curiosamente vacía para ser un día de semana, me invito a reflexionar. Todos podemos ser Luca, ¿no? Salvando las más que obvias distancias, todos fuimos impulsivos e inconscientes, todos cometimos errores que no nos dejan dormir en la noche. Luca está pagando su castigo y fue más que sincero conmigo, fue como desentrañar a alguien que no parecía que iba a ser sincero. Ahí me cierra que el rugby no es lo mágico del cambio, ni lo es Coco, ni los libros, ni Dios, ni ningún secreto. Que me perdone el lector por todo tipo de pretensión esperanzadora y de héroe pero para empezar un cambio, a veces uno tiene que ser medio cursi. Coco llegó a un lugar donde el preso conocía su rutina, que lo rajen, robar de vuelta y entrar. Al principio de mis palabras, usé “Desesperación” y lo maravilloso de este relato, entra en esa palabra. Porque donde rondaba la desesperación, el esperar morir sucio en el corazón y en las manos, Coco prendió fuego una parte de la palabra, la moldeó y laburó día y noche para terminar de remodelarla a algo más agradable, que promueve el cambio, que lo invita a mejorar cada día, no solo sus palabras sino su concepto. Donde cualquiera veía desesperación, Coco forjó algo que estaba oculto y hoy brilla como nunca, la esperanza. Al final de todo, pocas cosas me inspiran como lo hace el penal de San Martín. Pocas cosas me dan tanta esperanza.


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